sábado, 20 de febrero de 2010

Dios esta en todos lados, pero atiende en Buenos Aires

El Santo Padre debería estar pensando en inaugurar delegaciones provinciales, sucursales regionales, centros de atención al cliente o por lo menos una línea 0-800 disponible para consultas y reclamos las 24 horas.

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires es un lugar fascinante. Durante muchos años me pregunté por qué la gente de las provincias allí se traslada en busca de una suerte más amena, de una vida más intensa o unas simples vacaciones. No comprendía (o no quería hacerlo), el hecho de exponerse a las presiones y vicisitudes que “La Gran Ciudad” ofrece, cuando existía la posibilidad de vivir pasivamente en el corazón de la patria; o no me explicaba a qué venían quienes en su provincias tenían bellísimos paisajes y los cambiaban por un parco cuadro de edificios viejos. Tal vez, el hecho de viajar todos los días a mi trabajo en el “Microcentro”, ayudó a que entendiera que la gente de las provincias e incluso del conurbano bonaerense se movilizara en grandes cantidades diarias a la capital.

La “Vecchia Signora” cuenta con un abanico de posibilidades, otorgado por la antigua decisión de centralizar la vida social y política de la nación. El movimiento económico que existe allí es tal, que mucha gente prefiere asentarse en la “Villa 31” a vivir en una casa dentro de la Provincia de San Luis, por ejemplo. Es el único lugar del país con las condiciones necesarias para cumplir el, muchas veces utópico, “sueño americano”. Esto se debe a que es la única ciudad dispuesta a crear mayor cantidad de puestos de trabajo que habitantes con los que cuenta.

Existe también, una estructura penada para que “todos los caminos lleven a Buenos Aires”. La disposición de las vías férreas son el claro ejemplo de una política antiquísima de centralización inglesa, que aún no encontró (y probablemente no lo haga por mucho tiempo) su fin; en el que la “City porteña” es el centro de un enorme abanico, que hace necesario pasar por ella para poder llegar, por ejemplo, de La Plata a Ezeiza o a Alejandro Korn; incluso en su momento, para viajar de Neuquén a Jujuy. Lo mismo sucede con las Autopistas, los colectivos, etc. Todas las rutas nacionales encuentran su Km 0 en el Congreso de la Nación, que tiene su cede, como no podía ser de otra manera, en Buenos Aires.

El puerto más grande, el Congreso, la Casa Rosada, los Ministerios, la Corte Suprema, el Banco Central, es decir, todas las autoridades y entes estatales más importantes, según lo establece el artículo 3º de la Constitución Nacional, residen en la Capital. Ello trae aparejado que procedan de la misma manera las Centrales de las Compañías privadas. Esta claro entonces, y así lo hacen ver los ejemplos de Washington D.C., Brasilia y Canberra, que trasladar la capital a otra ciudad sólo sería postergar el problema para más adelante, ya que sucederá en más o menos años, lo mismo que ocurrió con “mi Buenos Aires querido”.

Tal parece, que la forma de descentralización más funcional es la de “delegar”. La Nación delega en las Provincias, que a su vez, de igual manera en los Municipios. Probablemente, esto termine con el ridículo de viajar a La Plata para instalar una farmacia en Carmen de Patagones. Más que nada, por el hecho de que las comunicaciones no son lo que eran antes. Hoy, se envía un texto vía telefónica o por internet de manera instantánea; se puede ir de un país a otro en no más de 12 ó 13 horas; los viajes de Buenos Aires a Jujuy que hace años duraban 3 meses, en la actualidad pueden durar 4 horas.

Lo cierto, es que la Imponente Ciudad Portuaria se colapsa día a día con la llegada de los provincianos y trabajadores que la visitan con la esperanza de mejorar su calidad de vida, y “poniendo el lomo” para que este país crezca cada vez más. Yo soy un “fiel sostenedor” de la idea de que en Argentina hay un gran capital humano y mucha gente buena; pero es importante para el progreso, y sobre todo para una convivencia sana, que se satisfaga la necesidad imperiosa de reubicar nuestras actividades como país, o mejor aún de solucionar de una vez y definitivamente el gran problema de vivir todos de la misma ciudad

Fernando E. Pagliuca-Nano-

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